EL INFIERNO DE LOS NAVEGANTES.
EL INFIERNO DE LOS NAVEGANTES.

Si preguntas dónde queda el infierno la mayoría te va a contestar "bajo tierra”. Yo no sé si habrá más de un infierno o simplemente tenemos la información errada de su paradero, pero muchísimos de los navegantes que surcaron nuestras costas, en la época de la colonia y ya formada nuestra República, aseguran que el infierno está en estas aguas, que el mismo diablo duerme en una cueva de la isla de Castillos y que cada barco es acechado hasta que comete un error y es arrastrado al fondo del mar.

Más allá de las tormentas, fuertes vientos, olas gigantes, grandes piedras, bancos de arena y zonas magnéticas que enloquecen brújulas y compases desorientando a los capitanes, este infierno ha contado con aliados humanos. Hay quienes le llamaron “Ponchos negros”, otros “Piratas playeros”. Eran hombres de corazón frío que desde la costa esperaban y seguían barcos a la deriva hasta que estos encontraban su destino. Aunque muchas veces el destino se lo daban ellos haciendo fogones desde la costa, caminando a su alrededor simulando un faro, concibiendo que los ingenuos barcos se destrocen contra las rocas robando cargamentos y pertenencia de náufragos con vida, heridos o muertos.

Tantos naufragios han sucedido en esta agua que la cantidad se compara con los acontecidos en el Triángulo de las Bermudas. Los lugareños agregan que hay cientos más, que nadie ha reclamado, por ser barcos clandestinos o piratas. Toda la costa encierra vientos místicos de leyendas. No sólo naufragios ahogados en misterios, si no también peregrinajes indígenas que bajaban desde las altas tierras collas, de dialectos Aimará y Quechua, de las selvas húmedas en lo profundo del continente para ver nacer el sol y respirar el aire de estas tierras sagradas y llenas de energía.

Se han encontrado, en los grandes médanos de Valizas, puntas de flecha de plata provenientes de esa zona, confirmando la teoría. También se dice que el camino está marcado por las palmeras de butiá, que nace desde lo más profundo del continente chocando con las dunas de “Balizas”, (siendo así la forma correcta de escribir su nombre según los primeros mapas que la mencionan.)

La gente del lugar habla de que en la desembocadura del arroyo, con ese mismo nombre, vivió un pirata amigo de la comunidad indígena, que peleó hasta morir en una batalla contra un ejército enviado por el virrey de Buenos Aires y apoyado por Mauricio de Zabala en el año 1720. Fue perseguido por el simple hecho de comercializar cuero, tarea realizada por España y que vio en él una competencia que había que deshacer.

Algunos dicen que por "culpa" de este pirata, cuyo nombre era Etienne Morau (oriundo del viejo continente, de la lejana Francia), la playa que está al norte de Cabo Polonio, que va desde el Cerro de la Buena Vista hasta el mismo Cabo, fue nombrada "De las calaveras". Se sostiene que éste carneaba a las vacas y a los grandes toros en esa costa, dejando su carne al sol.

Después de que los perros cimarrones, jaguaretés, gaviotas y otros animales comían de esa carroña, los esqueletos, que ahí quedaban, se iban puliendo con la arena y el viento. Que en las noches de luna llena reflejaban la luz con tal intensidad que cualquier barco a kilómetros alcanzaba a verla. La leyenda dice que fue algún marinero anónimo, que navegaba en algún barco que se desconoce el nombre quien la bautizó desde lejos, dándose cuenta que eran huesos los que brillaban desde la costa.

Por el 1715, el doctor Inglés William Toller visitó y describió estas costas en un diario personal que más tarde publicó, él formaba parte de la tripulación de un barco llamado Warwick, que surcó nuestras costas de este a oeste en tono de investigación.

El primer naufragio del que se tiene registro, sucedió en el año 1516, era un galeón que integraba la expedición de Juan Díaz de Solís; encontró su destino en las rocas que forman la punta del Cabo Polonio.

Los sobrevivientes se encontraron, una vez en tierra, con un panorama más que desolado e inhóspito para hombres del viejo continente, no acostumbrados a tal recóndita soledad.

Cuentan que las primeras noches por estas tierras los gritos de los lobos asustaban mucho a estos marinos de poca suerte. La ensenada de Castillos es la que se lleva más cantidad de naufragios, por esa costa, poco más adentro de donde desemboca el arroyo Valizas, es donde cae rehén de una tormenta y encuentra su fin en el año 1869 el barco con bandera inglesa "Bessie Stanton", encargado de traer rieles para la primera línea férrea del país.

Se suma el solitario naufragio de Nuestra Señora del Rosario, el de la fantasmal tragedia de La Limeña, el del tenebroso hundimiento de La Rosales en altamar y la llegada de un bote salvavidas sólo con los oficiales a la playa de las calaveras, levantando sospechas de un masivo asesinato.

También está el naufragio del navío español San Ignacio de Loyola, el misterioso encallamiento del Don Guillermo, el secuestro y encallamiento del Arinos, perdiéndose para siempre su carga tan preciada de monedas de oro que según dicen eran para pagar el salario de los soldados brasileros que peleaban en la guerra de la Triple Alianza. Iniciándose así la leyenda de un tesoro escondido a los pies de una palmera doble.

También está el triste y terrorífico naufragio de la fragata Leopoldina Rosa, el fugaz hundimiento del Explorador, la desaparición del Queche María y tantos otros que duermen en el fondo de la mar, de nuestra mar y que forman parte de una extensa lista de surcadores del océano, que encontraron fin en nuestras costas.

Es que muchas naves de varias nacionalidades padecieron a lo largo de su franja costera en diferentes fechas de estos 5 siglos. La mayoría se hundió con su historia prisionera en su cubierta, camarotes y bodegas, siendo un misterio la causa, su carga y qué error cometieron para sentenciarse a muerte.

Cuando uno llega a los balnearios de Rocha, baja a la playa y se asombra de lo hermoso de su paisaje, no tiene ni idea de que en esas arenas, donde hoy se apoya su reposera, hace años, algún naufrago se arrastró agonizando y pidiendo por su vida. Algún matrero encontró refugio. España y Portugal dividieron el planeta.

Que muchas historias, sin final feliz, han sucedido. Que anduvieron indios bravos caminantes de sus hermosas playas naciendo una leyenda que dice que si te metes entre las dunas de Valizas vas a escuchar al mismísimo silencio y que si te dejas llevar te susurrará la brisa. Hay gente que dice que son los espíritus de los indígenas que recorren las arenas queriéndote contar…

Son varios los héroes anónimos y los miles de momentos que se perdieron para siempre en un tiempo pasado.

Muchas muertes se ha llevado este "infierno"; la tecnología en los barcos le fue ganando y los naufragios han cesado, pero cuando visites el departamento Rocha y te asomes a la playa, no te olvides que son pocas las personas que le ganaron, que salieron con vida de este infierno con forma de mar, sobreviviendo a su ambición por coleccionar almas…



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